En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Nada pudo resistir a su ímpetu. Los cingaleses opusieron una breve resistencia, y huyendo hacia las cabañas y bajo las tiendas se arrojaron por la muralla, buscando la salvación en el bosque.
Los pescadores de perlas les persiguieron encarnizadamente, matándoles a golpes de cimitarra o a culatazos, antes de que Amali hubiera podido detenerlos.
El estrago fue completo. Los que no habían tenido tiempo de huir caían degollados por las anchas facas de los pescadores.
Juan Baret estaba por arrojarse entre aquellos demonios para salvar aún a algún sitiado, cuando resonaron en medio de los bosques feroces aullidos, acompañados de disparos.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—¡Nos asaltan ahora a nosotros! —gritó Amali—. ¡Reparar enseguida la brecha! ¡A las espingardas los artilleros!
Una terrible horda de cingaleses, atraída tal vez por los disparos o avisada por algunos emisarios del desembarco de los pescadores, avanzaban a la carrera, lanzando espantosos aullidos.
Los sitiadores, convertidos de pronto en sitiados, apenas habían tenido tiempo de correr hacia los terraplenes y agolparse detrás de la brecha.