En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Lo hemos sabido por algunos cingaleses que han huido de vuestro asalto.
—Pues te engañas, amigo; tengo gente de sobra y aguardo tanta que no podréis oponer un hombre contra veinte.
—¿Y por dónde deben venir? —preguntó el cingalés con voz irónica.
—Eres demasiado preguntón —respondió Amali—. Ya los verás cuando os caigan encima y os hagan correr.
—Está por saberse si entonces estaréis vivos.
—Asaltadnos, si os atrevéis.
—No es necesario; el hambre se encargará de venceros, ya que sabemos que no habéis encontrado víveres en el fuerte.
—Si tienes hambre, podemos ofrecerte galletas tan sabrosas como no has comido en tu vida.
—Guardadlas para vosotros —dijo el emisario, riendo—. Os harán más provecho.
—Pues ya que no quieres almorzar con nosotros, vuélvete por dónde has venido.
—¿El rey de los pescadores de perlas rehúsa rendirse?
—¡Hola! ¿Me has reconocido?
—Así es.