En El Mar de las Perlas

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22. La insurrección

CUANDO Juan Baret volvió en sí se encontró atado al tronco de un árbol y custodiado por cuatro guerreros. Cerca de él se hallaba otro prisionero al que reconoció enseguida.

—¿Tu también, Durga? —exclamó.

—Sí, señor; me han capturado vivo —respondió el lugarteniente Amali.

—¿Y los otros?

—Casi les envidio. Morir con las armas en la mano es preferible a acabar entre los dientes de los cocodrilos; esta vez, se acabó para mí.

—¿Se ha salvado Amali?

—Lo espero; pero debe haber algún otro prisionero además de nosotros.

—¿Quién será? ¿Binda?

—No sé, señor.

—Le compadezco sinceramente. ¿Nos matarán pronto?

—Nos llevarán al maharajá; he visto que construían tres palanquines.

—¡Habría deseado no volver a ver a aquel hombre! Debe odiarme más que a la peste. ¿Y el fuerte?

—Completamente destruido.

Manifestóse un vivo movimiento entre los cingaleses que rodeaban a los prisioneros y se abrieron sus filas para dejar paso a un viejo guerrero que se pavoneaba con un ancho manto de seda roja.


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