En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas CUANDO Juan Baret volvió en sà se encontró atado al tronco de un árbol y custodiado por cuatro guerreros. Cerca de él se hallaba otro prisionero al que reconoció enseguida.
—¿Tu también, Durga? —exclamó.
—SÃ, señor; me han capturado vivo —respondió el lugarteniente Amali.
—¿Y los otros?
—Casi les envidio. Morir con las armas en la mano es preferible a acabar entre los dientes de los cocodrilos; esta vez, se acabó para mÃ.
—¿Se ha salvado Amali?
—Lo espero; pero debe haber algún otro prisionero además de nosotros.
—¿Quién será? ¿Binda?
—No sé, señor.
—Le compadezco sinceramente. ¿Nos matarán pronto?
—Nos llevarán al maharajá; he visto que construÃan tres palanquines.
—¡HabrÃa deseado no volver a ver a aquel hombre! Debe odiarme más que a la peste. ¿Y el fuerte?
—Completamente destruido.
Manifestóse un vivo movimiento entre los cingaleses que rodeaban a los prisioneros y se abrieron sus filas para dejar paso a un viejo guerrero que se pavoneaba con un ancho manto de seda roja.