En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Mientras así monologaba, los conductores continuaban galopando como potros, reemplazándose a cada mil pasos. Tronaba y llovía siempre, pero no se detenían en ningún momento.

Aquella carrera duró cuatro horas largas que al francés le parecieren eternas, hasta que cesó bruscamente. A través de la espesa tela se filtraba un poco de luz.

Debía haber amanecido.

—¿Habremos llegado? —se dijo Juan Baret.

Estaba por preguntárselo a los conductores cuando le pareció oír a lejos gritos y descargas de fusilería que aumentaban en intensidad.

—En algún sitio se combate —dijo—. ¿Habrá encontrado Amali e; la aldea a los pescadores y le habrán seguido estos? No; es imposible que haya organizado tan pronto la cacería. Y sin embargo, eso son descargas.

En aquel momento quitaron la manta que cubría el palanquín y vio; la escolta que rodeaba los tres vehículos, con las armas en la mano.

—¿Dónde estamos? —preguntó a uno de los conductores.

—Cerca de Yafnapatam —respondió el cingalés.

—¿Luchan en la calle de la capital?

—Algo grave sucede. Vemos salir humo y se oyen descargas.


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