En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Esta vez tienen mucha prisa por llevarme al maharajá —murmuró Juan Baret—. ¡Qué piernas tienen esos hombres! Pueden desafiar a los caballos. ¡Si a lo menos alguno se las rompiese! Pero ¿no intentaré nada? Mis dientes son buenos todavÃa; trataré de roer las cuerdas.
El francés, como ya hemos dicho, era robustÃsimo y poseÃa una agilidad extraordinaria. Desde su primera juventud habÃa cultivado con ardor todos los ejercicios corporales y sabÃa desarticular como un gimnasta y adoptar todas las actitudes que parecÃan absolutamente incompatibles la organización humana.
Puso en obra su idea, aun cuando tuviese pocas esperanzas de lograr su intención a causa de lo recio de las redes, de la falta de un arma cortante y de la escolta.
Durante un cuarto de hora se estiró, se acurrucó, forcejeó haciendo mil esfuerzos musculares, pero se declaró vencido.
La red no habÃa cedido, y menos aún las ataduras que lo sujetaban.
—Todo es inútil —murmuró resignado—. Para mà se acabó todo tendré que volver a echarme a la cara al antipático maharajá, este tirano que envÃa a sus enemigos al otro mundo, sin decirles siquiera: ¡agua va!