En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas El huracán comenzaba a recrudecer en aquel momento; preparábanse torrentes de agua a través de las ramas de los árboles y ensordecÃan los truenos. Cegaban los vivÃsimos relámpagos que de vez en cuando rasgaban las tinieblas.
Juan Baret, llevado como un fardo, con una velocidad vertiginosa, se agitaba como un desesperado intentando ensanchar algún tanto las mallas que le aprisionaban.
—¡Si pudiese repetir el juego de la otra vez! —murmuraba—. Pero no, no me saldrÃa bien. Entonces tenÃa un cuchillo y los conductores no eran, más que cuatro, mientras ahora voy bajo escolta. ¡Cien hombres! Los he conocido bien, antes de que me echasen encima esta manta que me ahoga. Esta vez, se acabó. Esta isla debÃa ser mi última etapa y en ella perderé la vida. ¿Qué hará Amali? ¿Renunciará a sus designios ahora que vuelve Maduri a convertirse en obstáculo, o bien irá derecho a su fin? ¡Ah! ¡Si pudiese yo escapar y reunirme con él!
Continuaba rugiendo el huracán y la marcha de los conductores en vez de retardar aumentaba cada vez más: en cuanto cesaban los truenos oÃa Juan Baret la respiración anhelosa y la carrera de la escolta.
De vez en cuando sufrÃa un brusco sobresalto y se sentÃa como lanzado hacia adelante; era un hombre de refresco que reemplazaba al que se hallaba jadeante por aquella desenfrenada carrera.