En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —¡Destruido! —exclamó Juan Baret palideciendo—. ¿Y Maduri?
—Ha caÃdo vivo en nuestro poder.
El francés sintió que le bañaba la frente un sudor helado.
—¡Maduri preso! —exclamó—. Entonces todo ha terminado. ¡Pobre Amali! ¡No ha tenido suerte!
—Señor —dijo Durga, que parecÃa aniquilado por aquella inesperada noticia—. Podemos darnos por muertos.
Juan Baret no contestó; no sabÃa qué palabras encontrar. Aquel golpe le habÃa dejado enteramente aterrado.
Entretanto habÃan traÃdo tres palanquines y estaba ocupado ya uno de ellos, cubierto por una espesa tela, por lo cual no se podÃa ver quién iba dentro, aunque se adivinaba.
—¿Será Maduri? —balbuceó el francés.
—¡Si pudiese adivinarlo! Y si…
No pudo terminar la frase. Dos hombres lo levantaron, le aprisionaron estrechamente dentro de una red de mallas espesas y solidÃsimas y lo arrojaron sobre un palanquÃn, cubriéndolo con una espesa tela que le impedÃa hacer el menor movimiento.
Lo levantaron cuatro hombres y partieron a la carrera, seguidos de los otros dos palanquines en que iban Durga y Maduri y de una escolta de cien hombres.