En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —¡Vamos a divertirnos! —exclamó Juan Baret—. Ya que no queréis dejar vÃa libre al nuevo maharajá la abriremos por fuerza. Adelante todos, detrás de mÃ. ¡Preparen!
Los trescientos soldados que habÃan abrazado la causa de los insurrectos levantaron las carabinas y se oyó un precipitado crujido.
—¡Fuego! —ordenó el francés.
Resonó por todas partes una descarga irregular, abajo y arriba.
Los partidarios del maharajá, pocos, sin duda, pero no menos resueltos que los candianos a defender a su prÃncipe, disparaban sobre la tropa, descargando sus pistolones de pedernal, los viejos trabucos importados doscientos años antes por los portugueses, sus primeros dominadores, y mosqueteros de mecha, trabajosamente sostenidos por tres hombres.
Enorme era el consumo que hacÃan de pólvora y de proyectiles, pero era mayor el estruendo que el daño ocasionado.
Los cingaleses cambiaron muy pronto el cariz de las cosas. Su columna se abrió en dos y de los cañones de las carabinas indias salió una larga estela de fuego y humo.