En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Agudas detonaciones hicieron estremecer las casas que flanqueaban la calle. Los cingaleses disparaban contra las ventanas, contra las azoteas, contra los techos, contra todo sitio en que veían aparecer a un combatiente.
Los partidarios del maharajá, espantados, huían saltando por las ventanas y caían acribillados, fusilados a quemarropa. Las casas eran incendiadas, y se levantaban a derecha e izquierda lenguas de fuego entre torbellinos de humo y nubes de centellas.
Los candianos que ocupaban el otro extremo de la calle, viendo lanzarse aquellas dos columnas en desenfrenada carrera, y no sintiéndose ya apoyados, huyeron replegándose desordenadamente hacia el palacio real.
—Será cosa fácil derrocar al tirano —murmuró Juan Baret, satisfecho—. Si estos soldados aguantan firme, antes de la noche Maduri ocupará el trono de sus abuelos, sin auxilio de los pescadores de perlas. ¡Esto se llama tener suerte!