En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas EN tanto que la barca de Mysora continuaba su rápida carrera hacia los bancos perlíferos de Manaar, el «Bangalore» había seguido alejándose, con rumbo a Ceilán, cuyas montañas, cubiertas de frondosa vegetación, resaltaban netamente hacia levante.
Había aumentado la brisa y la ligera nave corría con mayor velocidad, rivalizado con las aves marinas que se dirigían a tierra, donde encontrarían abundante pasto entre los millones y millones de ostras puestas a secar en la playa para pudrirse, antes de extraer de ellas las perlas.
Amali había vuelto a sumirse en su meditación. Apenas experimentaba un sacudimiento y se volvía hacia los bancos de Manaar, siguiendo siempre con los ojos la hermosa chalupa de la hermana del maharajá, que ahora era sólo un punto negro apenas visible en la superficie centelleante del mar.
Durga, que se aburría con aquel silencio, le sacó de sus meditaciones.
—¿Tan preocupado está mi patrón que no da ninguna orden? —preguntó—. ¿Debemos seguir navegando hasta que demos en las playas de Ceilán y nos metamos en la boca del lobo? Ahí está el peligro; ya lo sabes, Amali.