En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Su guardia había sido rechazada en todas partes y después de sangrientos combates se había replegado en el palacio real para intentar una postrera y desesperada resistencia.
El maharajá, después de haber hecho levantar barricadas en todas las calles que conducían a su palacio y ocupar las bocacalles de la plaza había subido a la cúpula para darse cuenta de la situación y de los avances de los rebeldes.
Presa de la mayor agitación y de una profunda amargura, había oído primero los gritos que aclamaban a Amali como maharajá de Yafnapatam; y después, con profundo estupor, los que proclamaban, a Maduri.
Un ímpetu de ira tremenda le sobrecogió.
—¡Maduri maharajá! —había exclamado, volviéndose hacía sus ministros y cortesanos. ¡Ese muchacho ocupar mi puesto! ¡Ah, no!
¡Eso, nunca!
—Alteza —dijo su nuevo primer ministro, que había ocupado el puesto de aquel que el día antes había hecho devorar por los cocodrilos de la laguna—, dicen que Maduri se halla a la cabeza de los insurrectos.
—¡Embustero! ¿No había huido con Amali?
—No sé, Alteza.
—Enviad a alguien a que se entere.