En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Algunos cortesanos se disponÃan a bajar de la cúpula para enviar emisarios, cuando un capitán de la guardia, cubierto de pólvora y de sangre, con el rostro partido por una cuchillada, penetró en el terradillo que daba vuelta a la cúpula y dijo:
—Alteza, vuestras tropas han sido rechazadas en todas partes.
—¡Sois unos cobardes! —aulló el maharajá—. Unos miserables, buenos tan sólo para, carneros.
—Hemos peleado desesperadamente, Alteza, y la mitad de vuestros hombres yacen sin vida en las calles de la capital. Se nos echan encima por todos lados y son más de veinte mil porque los cingaleses se han pasado a los rebeldes.
—Les haré matar a todos, hasta el último. ¿Es cierto que Maduri se baila entre los rebeldes?
—SÃ, Alteza.
—¿Y cómo se encuentra ah�
—Una partida nuestra le habÃa hecho prisionero y se le iba a poner en vuestras manos, cuando los rebeldes lo han puesto en libertad.
—Les haréis arrojar a todos a la laguna, para que los devoren los cocodrilos. ¡Miserables! ¡Traidores! ¡Viles!
—Todos han muerto ya.
—¡Y tenÃan en sus manos al muchacho! ¡Canallas! ¡DebÃan traérmelo aquÃ, o a lo menos matarlo!