En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —¿Adónde conduce?
—A la pagoda de Buda, Desde allà podemos salir sin que nadie lo advierta y mezclarnos con los rebeldes.
—¿Y mis tesoros? ¿Deberé dejarlos caer en manos de mis enemigos?
—Fueron enterrados ya los últimos de esta semana en los jardines del palacio.
—¡Ay del que los toque!
Bajaron, a un salón de la planta baja. El ministro abrió una puerta secreta escondida bajo los tapices y guio al maharajá a través de un, oscuro corredor, iluminando el camino con una antorcha.
Los otros ministros y cortesanos le habÃan seguido.
Durante media hora recorrieron galerÃas humedÃsimas, y después el ministro apretó un resorte escondido en una hornacina, encontrándose los fugitivos en un templo cuya puerta habÃa quedado franca.
OÃanse, fuera, salvajes aullidos y disparos.
—¿Dónde estamos? —preguntó el maharajá, que se habÃa puesto palidÃsimo.
—Cerca de las murallas —respondió el primer ministro.
—¿Me reconocerán los rebeldes?
—Estáis muy transfigurado, alteza.
—Temo que me maten.