En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Los candianos, bien apoyados en sus barricadas disparaban terriblemente, abatiendo infinito número de enemigos, que debÃan luchar contra las llamas y las armas de fuego. Llamó a Durga y al hermano de Binda y celebró un breve consejo de guerra en una casa respetada por el incendio.
—Si seguimos asÃ, no lograremos nada —dijo el francés—. Nuestros hombres caen como moscas y no conseguirán hacer ningún daño al palacio. Antes de lanzarnos al asalto hay que derribar las barricadas.
—Tenemos espingardas, señor —dijo el hermano del capitán Binda.
—No sirven para esto —dijo Juan Baret, encogiéndose de hombros—. Se necesitarÃan cañones para abrir brechas en las barricadas.
—No los tenemos, señor. Ni siquiera el maharajá los ha poseÃdo nunca.
—SÃ, ya sé.
—Lo que debe haber aquà señor son muchos elefantes —dijo Durga.
—¿Y qué queréis hacer con ellos?
—¿Tenéis aún aquel veneno que los enfurece?
—¡Bravo, Durga! —exclamó Juan Baret—. ¡Soy un asno! ¡No se me habÃa ocurrido! ¿Quién resistirá una carga de esos colosos? Tenemos la victoria asegurada.