En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas MIENTRAS el maharajá se ponía cobardemente en salvo, abandonando sus tropas a su suerte, Juan Baret y sus dos columnas combatían, ferozmente para forzar la plaza y tomar por asalto el palacio real, donde creían se escondía aún el tirano.
Los candianos, aunque infinitamente inferiores a los rebeldes, y ya desmoralizados, oponían, sin embargo, tenaz resistencia.
Con carros volcados, con troncos de teck, con muebles y con piedras habían barricado las bocacalles de la plaza, armando aquellas barricadas con buen número de espingardas sacadas de las terrazas y los almacenes del palacio real, y después habían incendiado todas las casas vecinas para desembarazar el terreno e impedir que los insurrectos las ocuparan.
Eran aún seiscientos y se les habían reunido todos los criados del maharajá, los lacayos, los escuderos, los conductores de elefantes, convertidos en combatientes.
Algunos habían ocupado las azoteas del palacio y por último el terradillo de la cúpula, abriendo un vivísimo fuego de mosquetería contra los insurrectos que aparecían en todas las bocacalles.
Juan Baret, que no había sido herido todavía, aunque había combatido siempre en primera fila, comprendió que la toma del palacio no era tan fácil como había creído.
