En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas JUAN Baret, con los vestidos destrozados, el rostro ennegrecido por la pólvora y el sable ensangrentado, se lanzó hacia la escalera del palacio, seguido de Durga, el hermano de Binda y de un pelotón de soldados, en busca del maharajá, para intimarle la rendición y ponerle preso, a fin de sustraerlo a las iras del pueblo.
Los servidores no se atrevieron ya a oponer resistencia y aun los candianos que combatían desde las ventanas y las terrazas arrojaron las armas pidiendo gracia.
Fueron registradas las salas, después las galerías, los aposentos altos, los desvanes, la cúpula; pero en ninguna parte aparecieron ni el maharajá ni sus ministros.
Juan Baret, no pudiendo creer que hubiese logrado escapar, estaba para proceder a un nuevo y más minucioso registro cuando vio a algunos soldados que arrastraban a un hombre flaco, lívido, que lanzaba algunos gemidas, implorando la piedad de los vencedores.
—Señor —dijo un hombre empujando al preso—; ahí tenéis al primer ministro del maharajá que hemos sorprendido en los jardines del palacio al disponerse a bajar a un subterráneo. Este hombre podrá deciros dónde se ha escondido su amo.
El primer ministro, viendo al francés, cayó de rodillas ante él, balbuceando:
—¡Perdón, hombre blanco! ¡No me matéis!