En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —No demuestras ser muy valeroso para el cargo que ocupabas —dijo Juan Baret despectivamente.
—¡Perdón, señor hombre blanco! —repitió el preso, golpeando el suelo con su frente.
—¡Basta de humillaciones ridÃculas! —gritó el francés, asqueado—. Levántate y responde a cuanto le pregunte.
—¿No me matarán?
—No vale la pena de retorcerle el cuello.
—Soy un desgraciado, señor.
—Acaba y responde. ¿Dónde está tu amo?
—No está aquÃ.
—¿Se halla oculto en algún sitio?
—No, señor; lo juro.
—¿Dónde ha ido?
—Ha huido hace una hora, mientras los candianos defendÃan la plaza del palacio.
—¿Con quién?
—Con sus tres ministros y doce cortesanos.
—¡Eso no puede ser verdad! —gritó Juan Baret—. Las calles estaban llenas de insurrectos y le habrÃan reconocido.
—Se cortó la barba y se despojó de sus vestidos y atavÃos. Te puedo jurar que no le vio nadie.
—¿Dónde se ha dirigido?
—A la costa, para reunirse con su flota.