En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Cogiéndose en las raíces y las malezas, buscando las grietas para encontrar un punto de apoyo donde sentar los pies o saltando como un gamo, en, menos de diez minutos llegó a la cumbre y registró el mar con su mirada de águila.
Por poniente, a la larga distancia, veíanse numerosos puntos que se movían sin cesar, cubriendo el mar; eran las chalupas de los pescadores de perlas.
Por oriente, en cambio, se delineaba la soberbia playa de Ceilán, cubierta de tupida vegetación e interrumpida por profundos senos que describían caprichosas curvas. Detrás, altas montañas, verdeantes desde la falda a la cima, lanzaban sus picos hacia el cielo, declinando suavemente por la parte del mar.
—¡Allí está Mysora y allí el maharajá! —murmuró Amali, volviéndose primero hacia poniente y después hacia levante—. Entre vosotros se halla quien impedirá que os volváis a ver.
Sentóse en la punta más alta del escollo, se cruzó de brazos y esperó pacientemente a que se pusiese el sol, seguro de que la chalupa del maharajá no abandonaría la pesca antes de que el crucero inglés señalase la clausura con un cañonazo.