En El Mar de las Perlas

En El Mar de las Perlas

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Durga, que se le había reunido, con muchas fatigas, se había sentado a su lado, mascando una mezcla formada por hojas de betabel, nuez de areca y tabaco, con un pellizco de creta de las conchas, mezcla asaz picante que los cingaleses emplean sin moderación, destruyendo sus dientes y sus encías.

Viendo que el capitán no parecía dispuesto a hablar, permanecía silencioso también él, siguiendo, con distraída mirada, el vuelo de las gaviotas.

En tanto, el sol, se ponía lentamente, rozando con su borde inferior el horizonte, mientras por la parte opuesta salía la luna haciendo centellear las aguas con miríadas de argentadas chispas. La noche avanzaba rápidamente, pues en aquellas regiones surge casi de improviso, no siendo, como en nuestros países, largos los crepúsculos.

Ya el sol estaba a punto de desaparecer, cuando repercutió un lejano estampido en el mar, propagándose distintamente por encima de las aguas, y llegando su eco a los escollos.

Era el cañonazo del crucero inglés que señalaba la clausura de la pesca por aquel día.

Amali se levantó. Una llama siniestra iluminaba sus ojos, mientras su nariz se dilataba como si olfatease ya la pólvora.


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