En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Sea como fuere, era hombre de hermosa figura, de líneas regulares, con una corta barba negrísima, los cabellos rizados y tez algo oscura, que tenía reflejos de bronce antiguo.
Ojos espléndidos, muy negros, de extraordinaria movilidad; labios delgados y rosados, soberbios dientes y músculos perfectamente desarrollados. Llevaba descubierta la cabeza, adornada solamente con una diadema de perlas y pedrería como usan los cingaleses; pendíanle sobre el pecho ricos collares de oro; descendía hasta las rodillas una larga camisa, de seda blanca; calzaba babuchas de tafilete rojo y en el cinto lucía una faja de seda azul, como la bandera, bajo la cual pendía un sable curvo con empuñadura de oro.
El velero cruzó por entre las innumerables embarcaciones de los pescadores de perlas, que se apresuraban a dejarle paso y fue a detenerse en el centro del banco de Manaar, echando anclas en proa y popa. En torno suyo habían hecho un ancho hueco las restantes barcas.
Todas las chalupas que al principio pescaban en aquel lugar se habían retirado apresuradamente mientras las tripulaciones murmuraban con una mezcla de espanto y admiración:
—¡Plaza al rey de los pescadores de perlas!
