En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas Veíanse emerger cabezas horribles, bocas monstruosas, erizadas de dientes, y colas desmesuradas, saliendo a flote para comparecer de nuevo alrededor del «Bangalore».
Eran tiburones de siete u ocho metros de longitud, y aun más, que parecían, muy, familiarizados con la nave, pues no demostraban asustarse ni inquietarse por aquella repentina inundación de luz.
Giraban una y otra vez alrededor del «Bangalore» fregando sus hocicos contra los costados del buque, miraban a los marineros con sus horribles ojos de amarillentas llama y enseguida volvían a sus madrigueras situadas en los rincones de la caverna, como si se mostraran satisfechos del regreso de los pescadores de perlas, quienes, por otra parte, no parecían, preocuparse en absoluto por la presencia de aquellos terribles bichos.
Amali hizo atracar el barco junto a la escala de cuerda y llamó Durga.
—Has de transportar a mi castillo a Mysora y al príncipe de Manaar. Yo voy delante.
—¿Y el «Bangalore»?
—Lo esconderás en la última caverna; por ahora no volveremos a hacernos a la mar.
El rey de los pescadores de perlas se agarró a la escala de cuerda y se encaramó hasta la bóveda, llegando a una estrecha galería custodiada por un indio armado de fusil y pistola, e iluminada por una linterna.