En El Mar de las Perlas
En El Mar de las Perlas —Pondrás centinelas en todas las puertas para que Mysora no pueda salir de su estancia y esté siempre bajo vigilancia. Exijo que se la trate como huésped más que como prisionera y se le guarden todos los respetos debidos a la hermana de un prÃncipe.
—¿Cuándo hemos de partir para Yafnapatam?
—Al anochecer, mi valiente Durga. Escogerás a treinta de los más atrevidos y pondrás doble número de espingardas en, el «Bangalore». ¿Qué hace el prÃncipe de Manaar?
—Duerme, patrón.
—Que no lo dejen, solo un momento, hasta nuestro regreso. Puede ser un hombre peligroso.
—Tiene aún para un par de semanas, y cuando esté en condiciones de levantarse, ya estaremos de nuevo aquÃ.
Amali cruzó varias habitaciones, bajó la escalera de mármol y salió del palacio, yendo a sentarse sobre una roca del enorme escollo.
Sus miradas recorrieron muchas veces el mar que centelleaba bajo los rayos del sol y escrutaron atentamente el horizonte.
No se veÃa ninguna vela. En lontananza, sin embargo, divisábanse unos puntos negros apenas perceptibles que se dirigÃan al Oeste. Eran las barcas de los pescadores de perlas que volvÃan presurosas a los bancos de Manaar.