En las montanas de Africa

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Y en aquel momento, como para confirmar las palabras del árabe, oímos un rugido formidable en la extremidad del barranco. Nos apresuramos a cercar a la fiera para impedir que huyera de aquella especie de trampa. Yo me había puesto en la parte rocosa, la cual, como ya te he dicho, parecía cortada a pico. Obraba resueltamente, estando decidido a acabar con la fiera y seguro de que la vencería; tan dueño de mí estaba en aquel instante. Avancé como unos cincuenta pasos y me detuve después sorprendido de no oír el rugido del animal ni de verlo comparecer ante mí, a pesar de haber recorrido casi todo el barranco. Preguntábame si por acaso habría pasado por delante de Hassi, sin que éste lo viera, cuando oí sobre mi cabeza un rugido terrible. ¡Aquel rugido venia de lo alto! Levanté la vista y vi que el león subía por la roca, agarrándose a los matorrales. El muy bribón había subido hasta allá sin que nadie lo hubiera visto, y estaba próximo a tocar la orilla, superior del barranco. Entonces vi una forma humana encorvarse sobre la roca: era Afza. ¡Fué un relámpago! El león, con un último esfuerzo, ganó la cima y se precipitó sobre la desgraciada muchacha, que rodó por el suelo. Aquella caída fue la salvación de mi futura mujer, puesto que si hubiese permanecido derecha me habría sido imposible hacer fuego. En aquel momento, afortunadamente, no tembló mi brazo. El león me mostraba el dorso. Disparé los dos tiros y le fracturé la espina dorsal, haciéndole rodar muerto en el barranco. 


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