En las montanas de Africa

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—Ya sabes, señor, que los árabes son sobrios y no beben por haberles prohibido Mahoma hacer uso de vino y licores —respondió Alza. 

—En aquel tiempo nadie sabía fabricar un vino tan exquisito contestó el subteniente, un poco contrariado Si el Profeta viviese todavía, apostaría mis galones contra una pina de tabaco a que no rechazaría un vasito de este Borgoña. 

Mucho, en efecto, debía gustarle el mosto, pues a cada momento escanciaba vino en su vaso. A juzgar por lo bebido, hubiérase dicho que en lugar de estómago poseía aquel ínclito soldado un barril sin fondo. 

Cuando la cena hubo terminado, el subteniente encendió un grueso puro español, aspiró dos o tres bocanadas, y dijo, apoyándose en el respaldo de la silla, después de haber cruzado las piernas:

—Ahora expliquémonos, Afza.

La joven, que miraba fijamente una medalla de oro que brillaba sobre el pecho del subteniente, preguntó: 

—¿Qué es esto, señor? 

—¿Esto? Un pedazo de oro que me ha valido mis galones de subteniente. Me ha costado enormes fatigas adquirirlo y no comprendo por qué razón no soy actualmente comandante del bled. 

—¡Ah! 


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