En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Porqué le he amado antes que a ti.
—¿Y podrÃas amarle todavÃa si permaneciese aquÃ?
—Es posible.
—¿Pero no has pensado en el Consejo de Guerra? Dentro de tres semanas el conde habrá pasado a mejor vida.
—Sálvalo, pues, por el amor que hacia mi sientes; ya sabes que yo le debo la vida y que a no ser por él no estarÃa el Rayo del Atlas hablando contigo.
—¡Vientre de foca! Hablas mejor aún que una muchacha de Paris o Marsella. ¡Sea! ¿Ribot...?
El sargento, que estaba de guardia en el corredor vecino, acudió sin pérdida de tiempo al llamamiento de su superior.
—¡Presente, subteniente! — dijo abriendo la puerta.
—¿Se prepara una mala noche, verdad?
—Muy mala; nos amenaza uno de esos huracanes capaces de derribar un edificio.
—¿Y no te parece mal dejar al aire libre a los bravos espahis, expuestos a la lluvia y a los rayos?
—Es, en efecto, peligroso, subteniente respondió el sargento, mirando de reojo a Afza.
—¿Están bien cerradas las celdas?