En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Me lo ha revelado un sueño que he tenido.
—¡Ah! ¡Pobre magnate! Si es asÃ, mañana por la mañana estará más encadenado que nunca— dijo el subteniente—. Yo no creo en los sueños, hermosa.
—Nosotras, las árabes, mucho.
En aquel momento oyéronse resonar en el exterior, entre el sordo rumor de los primeros truenos, los toques de corneta que indicaban a los centinelas el retiro hacia el bled. La lluvia comenzaba a caer con fuerza y relámpagos vivÃsimos iluminaban el obscuro cielo.
Poderosas bocanadas de viento ardiente, procedente del sur, pasaban velozmente por la llanura, levantando nubes de polvo: luego rompianse silbando contra los vastos cobertizos que rodeaban el bled, amenazando arrancar de cuajo las cubiertas de cinc.
—¡Por los cuernos de Satanás! exclamó el subteniente—. Creo tan poco en tu sueño, que yo mismo quiero ir a asegurarme del estado en que se encuentran las cadenas del conde.
Afza estremecióse y apretó con más fuerza el mango de su puñal. Estaba horriblemente pálida, y sus ojos despedÃan terribles llamas.
—¿Quieres ir? — preguntó.
—Si. ¿Me acompañas?