En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —¿Quién sabe? Yo no tengo ojos de gato para poder verlos en una noche tan obscura como ésta.
Y dichas tales palabras, cogió un barrote, hizo seña al toscano de hacer otro tanto, y miró afuera. La tempestad aumentaba sin cesar. VivÃsimos relámpagos iluminaban la llanura; la lluvia caÃa a torrentes; retumbaba el trueno y ululaba el viento a través de las cubiertas de cinc del bled
—¿No ves a nadie, conde? — preguntó el italiano.
—No.
—Entonces aquellos toques de corneta...
—Fueron para retirar a los centinelas. Ya sabes que hace algunas semanas un rayo mató a tres o cuatro hombres.
—Lo recuerdo perfectamente.
—El subteniente los habrá hecho retroceder hasta los cobertizos.
—¡Bendito huracán!
—¿Estás dispuesto?
—Si.
—¿Tienes el barrote?
—No pases cuidado. No lo perderé.
—¡Salta!