En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —El momento me parece oportuno. Corre lo más que puedas y déjate caer al suelo, como hacen los ladrones de la putsa, cuando otro relámpago ilumine el cielo.
—No está mal. Vamos a ser, por algunos instantes, cuatreros en un lugar en que nos los hay.
Los dos hombres lanzáronse en desenfrenada carrera bajo la lluvia que caÃa violentÃsima. El conde habÃa averiguado, con mayor o menor exactitud, dónde advirtiera los maharis, y se dirigió hacia aquella parte con la velocidad del rayo.
—¿Quién vive?
Era Hassi-el-Biac el que habÃa lanzado el grito. El moro, viendo aquellas dos sombras, preparó rápidamente su fusil argelino, que hasta entonces ocultara con prudencia bajo el impermeable, y les apuntó:
¡Tú! —exclamó Hassi— ¡Alá sea bendito! ¿Y Afza?
—¡Alzal gritó el húngaro, deteniendo al toscano, que iba a chocar contra los cuatro maharis que se habÃan acurrucado uno al lado del otro, asustados por el grito del húngaro —. ¿Dón-de está mi mujer, Hassi?
—¿No la has visto en el bled?
—¿En el bled, has dicho?
—Ha ido a matar al subteniente.
—¿Quién?