En las montanas de Africa
En las montanas de Africa El huracán perdía poco a poco su violencia; las nubes se habían desgarrado en más de un lugar, y, de cuando en cuando, a través de los claros, resplandecía el astro nocturno, lanzando destellos de luz azulada sobre la inmensa llanura convertida en un verdadero barrizal.
El viento habla cesado ya y tan sólo algún relámpago iluminaba el horizonte septentrional. Los animales nocturnos comenzaban a abandonar sus madrigueras, huyendo de la inundación que parecía adelantarse hacia poniente. Pero eran animales casi inofensivos; hienas rayadas y manchadas, más dispuestas a la huida que al ataque, y chacales, peligrosos tan sólo para los corderos. Los siete maharis, aunque no se hallaban a sus anchas sobre aquel terreno fangoso que ofrecía poca presa a la gran callosidad de sus patas, hechas exclusivamente para las arenas y las tierras quemadas por el sol, habian emprendido de nuevo su desenfrenada carrera, sin menguar en lo más mínimo su velocidad. Hassi, a fin de excitar su estímulo, entonó una nenia árabe canción que gusta mucho a esos animales, los cuales aman con delirio tanto el canto como la musica.
—Ya vuelve a empezar el mareo—dijo el alegre toscano ¡Qué mal marino hubiera sido! Apostarla uno contra ciento a que nadie me hubiera confiado la dirección de la más miserable barcaza del mar Tirreno.