En las montanas de Africa

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—¡Lástima no tener los ojos como los gatos! —murmuró Enrique, que parecía no preocuparse mucho de la presencia del carnívoro. Había avanzado hasta ponerse a la altura del conde y a la izquierda de Afza, con el propósito de cubrirla por completo. Los maharis debían haber olfateado el peligro, porque avanzaban con extremada prudencia, tendiendo y recogiendo  sus larguísimos cuellos y aspirando rumorosamente el aire. Los cuatro hombres, bien asegurados sobre las duras y amplias sillas, habian apuntado sus fusiles hacia el matorral sospechoso. Que se habían refugiado algunos animales dentro de él, no cabía duda, porque las cimas de los cactus y de los áloes se agitaban, aunque el viento habia cesado por completo. Sin embargo, el asalto temido no llegó. La fiera, impresionada sin, duda a la vista de los cinco fusiles prontos a descargar sobre ella una bonita lluvia de balas, se guardó bien de dejar su escondite, y la pequeña caravana pudo desfilar sin que nada le estorbase. Un momento después, los maharis emprendieron de nuevo su carrera velocísima, haciendo oir, dé vez en cuando, relinchos roncos y temblorosos. 

—He perdido la afición a las fieras argelinas —dijo el toscano —. Son mucho más feroces los guardianes del bled, los cuales no vacilan nunca cuando se trata de reducir a la obediencia a un disciplinario recalcitrante. 


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