En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Para haceros desatar la lengua es necesario recurrir a los grandes medios. Ya te haré cantar, maldito.
Y volviéndose a los espahis que asistÃan al interrogatorio fumando, les dijo:
—Apoderaos de este miserable y sujetadle fuertemente.
Dos jinetes se precipitaron sobre el desgraciado y le aferraron por los brazos. Bassot abrió una bolsita que llevaba y sacó de ella una larga faja de gruesa y resistente tela y una cajita de madera. Todos los espahis se habian acercado. Ninguno aparecÃa impresionado por la atroz tortura que el musulmán iba a sufrir.
—¿Hablarás, bandido?
—Todo cuanto tenÃa que decirte te lo he dicho. Mátame si quieres; mis compañeros me vengarán. Un marabuto es hombre sagrado.
—Me gustarÃa saber quién les contará, lo ocurrido.
—Ya pensará en ello el Profeta.
—Está demasiado ocupado en charlar con sus hurÃes del ParaÃso para que llame su atención un miserable como tú. Abre la mano derecha.
Bassot sacó de la cajita un poco de polvo blanco, que colocó sobre la palma de la mano de Muley-Hari; luego le obligó a cerrarla y vendó fuertemente el puño con la faja de tela.