En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —A las serpientes que ayer cogà en el fondo de un barranco.
—¿Y hombres, no?
—Desde hace varios dÃas no he visto a ninguno. La región está muy poco hábitada y los cabileños son demasiado poco religiosos para venir a orar sobre la tumba del santo.
—iMientes, bribón! — rugió el sargento. Hemos seguido hasta delante de cuba las huellas de varios maharis que sin duda montaban un moro, su hija, un viejo negro y dos legionarios.
—Es posible que en aquel instante durmiese,
—¡Ah, dornitasI — gritó el sargento, cada vez más fuirloso—. ¿Y hacia qué lado se han marchado? Las huellas de los maharis no continúan ni delante ni detrás de tu cuba. ¿Dónde les has ocultado? Ten Cuidado. Yo no emprendo jamás un viaje a través de vuestro maldito paÃs sin llevar conmigo cal viva, con la que siempre obtengo lo que deseo.
—Puedes matarme contestó el musulmán con firmeza y energÃa increÃbles —, pero no me obligarás nunca a contar cosas que ignoro.
—¿De modo que no quieres decirme dónde están esos hombres?
—Te repito que no les he visto