En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —No os irritéis, subteniente. Vuestra herida se abrirÃa. El médico os lo ha dicho varias veces.
—¡Cuánto odio a ese hombre! Si el imbécil de Bassot no logra prenderle, pediré, apenas sane, un largo permiso, y daré caza a ese miserable, sin tregua, aunque para ello tuviese que atravesar el Atlas e irle a buscar en el gran desierto.
—No tenéis que enfureceros de este modo. Si continuáis asi, vuestra curación tardará, y, entretanto, los demás procurarán ponerse a salvo de vuestras represalias.
—¡Ah, maldita criatura! — exclamó el subteniente, cuyo temperamento era demasiado irascible para que se calmara tan pronto ¡Cómo te has burlado de mÃ! Y, sin embargo, Ribot, te juro que todavÃa la amo y que la perdonarla su puñalada si consintiese en casarse conmigo.
—Sois demasiado generoso.
—Te digo que me ha embrujado.
—Decid lo que queráis, pero os aconsejo que hagáis lo posible por alejaros siempre de las brujas que ocultan un puñal en la manga—dijo, sonriendo, el sargento—. ¡Cuántas locuras hace el amor!
—¿Acaso no es hermosa Afza?
—Divina, subteniente.
—No he visto jamás criatura más espléndida.