En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —No — exclamó Hassi Estos no son los fusiles de los frangis, sino de los argelinos; yo no puedo engañarme.
—¿Quién, pues, viene en nuestra ayuda? —gritó el toscano. Luchan con las fieras, corramos nosotros a ayldarles. ¡A ml, Rossi! ¡A mi, Aru! Lleva contigo todos los fusiles y pistolas. También yo quiero hacer una matanza de leones, de hienas y de chacales asquerosos. ¡Adelante!
—Yo también quiero ir dijo el conde —; creo que de algo serviré.
—Ven, pues, con nosotros, camarada— respondió Enrique. Rayo del Atlas te ayudara.
Mientras cambiaban aquellas palabras, continuaba fuera las descargas con gran regularidad.
A los disparos sucedianse aullidos, rugidos, alaridos espantosos, sonoras carcajadas. ParecÃa que los sitiadores no se encontrasen muy a sus anchas bajo aquel huracán de plomo que debÃa diezmarlos. En un momento Enrique, Aru, el marabuto y Hassi subieron la escalera y se precipitaron fuera del sepulcro, armados cada uno de un par de fusiles y un par de pistolas de dos cañones. Las fieras habÃan desalojado sus posiciones y se habian reunido cerca de la fuente, aullando y rugiendo cada vez con mayor estrépito.