En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —¡Qué lástima no tener alas! exclamó Enrique.
—De todos modos no hay que desesperar, pues El-Madar no ha hecho hasta ahora amenaza alguna— dijo Hassi.
En aquel instante Enrique dió un salto, como si le hubiese mordido una vÃbora, exclamando:
—¿Y nuestras bombas?
—¿Qué bombas?
—¿Cuánta pólvora tienes, amigo moro?
—Unas treinta libras.
—¿PodrÃas proporcionarme una cajita cualquiera, de hierro o de lata?
—SÃ, uno de los cofres que encierran las joyas de mi hija.
—Muy bien. ¡Que se atrevan a acercarse desde ahora en adelante esos bandidos! ¡Por los cuernos de Satanás!
—¿Qué vas a hacer, Enrique?
—Persuadir a ese salvaje de que nosotros poseemos realmente medios capaces de hacer volar por los aires a él, a sus bandidos y a sus camellos. Amigo moro, dame en seguida el cofre y tres o cuatro libras de pólvora. ¡Ya verás, qué golpe!
Y se marchó apresuradamente, seguido de Hassi.