En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —Parece que ese perro se ha marchado bastante contento, pues hacia saltar entre sus manos las monedas de oro—respondió Enrique, devolviendo al moro los dos cequies que se guardara — Pero creo que no nos lo quitaremos de encima, porque me ha advertido que emprendiera nuestro mismo camino.
—Vigilaremos atentamente.
—Desde esta noche— agregó el italiano —, Os aseguro que me da miedo ese bribón.
Dejaron apagar los fuegos en torno al campamento, y confiados por la calma y profundo silencio que reinaba en la llanura, entraron en la tienda, excepto el toscano, que permaneció tendido junto a los maharis con la pipa en la boca y el fusil sobre las rodillas.
La noche pasó tranquilamente. El sol habÃa aparecido cuando la caravana se puso de nuevo en marcha, siguiendo la orilla izquierda del rÃo. Casi en el mismo momento desmontaban los beduinos sus tiendas, ordenaban sus animales, disponiéndolos en dos larguÃsimas filas y atando la cabeza del uno a la cola del otro para impedir que se desbandaran
—El amigo se ha agarrado a nosotros como una ostra dijo Enrique al conde—. ¿Habrá sabido quizá que en los cofres no hay más que cequies en lugar de bombas? No estarÃa mal lanzar otra bomba a fin de persuadirles de que poseemos realmente armas terribles.
—Acabarás por dejarnos sin pólvora.