En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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—Las cabilas nos la darán en abundancia. Hemos ganado doce horas. Ojalá pasen sin novedad las treinta y seis que nos restan para llegar a ese maldito Atlas, que se ve siempre y no se alcanza nunca. Menos mal que el camino está desembarazado de obstáculos. 

El bravo Ribot debe haber hecho prodigios a fin de alejar a Bassot y sus espahis. 

—Mientras no aparezcan cuando menos lo esperemos... 

—Venderemos caras nuestras vidas —respondió Enrique —. Quedar sepultados bajo estas arenas o en el cementerio de Constantina, es lo mismo. 

El magnate suspiró contemplando a Afza, que montaba uno de los tres maharis 

La pequeña caravana marchaba lentamente, por el mal estado del suelo, que se había puesto muy húmedo a causa de la enorme cantidad de aguas que descendían del Atlas y que se dispersaban por la llanura formando pantanos que los maharis, acostumbrados a las arenas secas, quemadas por el sol, atravesaban con cierta repugnancia. En cambio, los beduinos habian descendido al lecho del río para ofrecer a sus animales un terreno más sólido y con otro objeto, probablemente, porque marchaban casi paralelamente a los tres maharis y a los dos caballos, con gran despecho de Enrique, que hubiera querido pulverizarlos con alguna bomba de su invención. 


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