En las montanas de Africa

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El indicado era un pobre diablo bañado en sudor, casi asfixiado y cuyo único defecto consistía en tener un rostro que no era del agrado de su superior. Había que obligarle a cometer alguna falta. El capitán acercóse a él y comenzó a atormentarlo con una lluvia de órdenes y observaciones dichas con el mayor sarcasmo, abrumándole con órdenes y contraórdenes a cual más absurda. El desgraciado, fuera de si y atontado por el, sol y por el baile, habia acabado por no comprender nada, como si estuviese embriagado. El triunfo era del superior. El soldado no obedecía más que las órdenes del superior: ¡era la consigna! Otro capitán unía a su ferocidad una gran dosis de hipocresía—según el señor Dhur, que hizo una rigurosa información. Este jefe dada a los que se hallaban bajo sus órdenes, que el mejor medio de que un legionario cometiera una falta grave, era castigarle inmerecidamente. 

—Por este medio — añadía —, resolvimos la manera de desembarazarnos de algunos de un modo absoluto y definitivo. Como hemos dicho, aunque en las compañías de disciplinaríos hay jefes y oficiales buenos y malos, todos en general consideran a sus inferiores como figurillas de un tiro al blanco, porque una penitenciaría creada para la enmienda y educación de los soldados rebeldes, acaba por ser, no un presidio, sino un verdadero infierno. 


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