En las montanas de Africa

En las montanas de Africa

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Llamó a su teniente y le dió órdenes. Diez minutos después dos beduinos dejaban el campamento, alejándose hacia poniente y llevando dieciséis camellos ensillados. Aquella marcha no escapó a las miradas de los prisioneros. El húngaro miraba fijamente a Afza, y le dijo: 

—¿Mi Rayo del Atlas no temerá la muerte?—le preguntó con voz conmovida. 

—No, dueño mío — respondió Afza, con su acostumbrada calma—. Con tal de que me dejen morir contigo, miraré sin temblar los fusiles que han de vomitar la muerte. Sólo siento morir sin haber visto otra vez a mi padre. 

—Eres un mujer maravillosa, Afza. 

—Mi vida te pertenece, esto es todo. Si han de matarte, quiero morir a tu lado. 

—Triste suerte — suspiró el conde —. Esperé por un momento volver a la putsa verdeante de mi país; pero era un sueño harto bello. En Africa se consumirán los huesos del último Cernazé. 

La noche avanzaba y nada nuevo ocurría cuando, entre nueve y diez, mientras la luna salía de detrás de las cumbres del Atlas, los prisioneros oyeron a lo lejos un toque de corneta bien conocido. Enrique, que estaba sentado, gritó, palideciendo: 

— ¡Los espahis!


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