En las montanas de Africa
En las montanas de Africa —¡Por fin! ¡CreÃa que no llegarÃamos nunca, voto al diablo! gritó el bigotudo subteniente, resoplando corno una foca y secándose el sudor que le inundaba el rostro—. Hace tres dÃas que estoy en esta infernal carraca tostándome comno un panecillo abandonado en un horno. ¡Rayos y truenos! ¡Caro les costará el viaje a esos dos bribones si el beduino no los ha dejado escapar !
—No temáis. Valen demasiados cequies para que no los guarde con el mayor cuidado.
—¡Con tal de que ahora no aumente sus exigencias! Esos beduinos son insaciables.
—Si nos molestan, empuñaremos los sables y haremos una carnicerÃa.
Ribot tiene doce hombres, nosotros otros tantos, y el jefe de la caravana sólo cuenta con unos treinta. Doce espahis no han temido nunca lanzarse a la carga contra los árabes.
—Lo sé, lo sé; no obstante, es preferible arreglar el asunto sin cortar brazos ni hendir cabezas. ¡Eh, postillón del infierno, haz correr a tus bestias! ¿Acaso se han vuelto tortugas?
En realidad, el subteniente no calumniaba a los caballos porque corrian poco, sino porque imprimÃan a la diligencia tan fuertes sacudidas que las ruedas amenazaban salirse de sus ejes de un momento a otro.