Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Ambos, tras haberse contemplado buen rato, arrimáronse a una puerta y escucharon con profundo recogimiento; no oyeron otro nombre, pero sà pudieron recoger un suspiro.
—¡Pobre Flor de las Perlas! —murmuró Sheu-Kin entristecido—. Sueña con ellos.
—Y jamás los olvidará —dijo el malayo—. ¿Te ha hablado alguna vez de aquella terrible noche?
—Nunca, Pram-Li; ignora aún lo sucedido después que Hang-Tu cayó al suelo acribillado por las balas de los españoles; pero, en su delirio, oigo con frecuencia repetir la altiva frase dicha por su hermano a los soldados que iban a fusilarle: «Soy Hang-Tu, el jefe de las sociedades secretas. Apuntad al corazón… ¡Viva la libertad!»… Cada vez que la oigo repetir estas palabras, siento que se me enciende la sangre en las venas, y creo hallóme ante el hombre formidable que la lanzó al Paquete, mientras estrechaba contra su pecho a la gentil Flor de las Perlas… ¡Oh! ¡Qué terrible cena! No quisiera recordarla y menos si…
Un grito estridente, lúgubre, salido de la estancia contigua a la puerta de la cual los dos jóvenes escucharon poco antes, interrumpió a Sheu-Kin; ambos se levantaron precipitadamente y, abierta la entrada, dejóse ver el santuario de una joven del Celeste Imperio.