Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Pram-Li y Sheu-Kin se habían puesto en pie, cambiando una mirada angustiosa. Eran aún jóvenes, en especial el segundo, que podía contar veinte años. El primero tenía veinticinco o veintiséis, y a primera vista reconocíase en él un miembro de la brava raza malaya. Ancho de hombros, de amplio pecho, brazos bastante largos y musculosos, estatura algo inferior a la media, y, aunque de aspecto macizo, debía poseer la extraordinaria agilidad de que están dotados sus compatriotas y que les ha dado fama de ser los marineros más diestros del mundo. Su piel era vasta con tintes rojo-pálidos; sus cabellos negrísimos y cresposojos pequeños, pero vivos y ardientes; la nariz algo aplastada, los labios carnosos. Vestía únicamente una camiseta de algodón, color rojizo, y pantalones blancos, llevando a la cintura el inseparable kriss, puñal de hoja serpentina que no abandonan los malayos ni para dormir.
El otro era un chino delgado, nervioso, cutis amarillo, ojos oblicuos, cráneo afeitado en parte y con larga coleta que rodeaba a la cabeza. Aunque fuera del Celeste Imperio, no había renunciado a sus costumbres nacionales y vestía la amplia túnica floreada de azul, con las mangas llamadas pusaúe y los anchos calzones que forman en el centro como doble pliegue. Calzaba esa especie de zuecos de recia suela, de fieltro y con punta larga y retorcida hacia arriba.