Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Y se puso a nadar vigorosamente, cortando el agua para acercarse al junco y tratando de sostenerse lo más a flote posible, para no mojar el fusil de Than-Kiu. La corriente en el medio era rápida y formaba remolinos peligrosos, necesitando de todo su vigor para no dejarse arrastrar ni revolver. Ya estaban a treinta pasos de la orilla, cuando se oyó un silbido y vio la joven algo delgado y rÃgido sumergirse a poca distancia de ellos.
—¿Qué ha sido eso?
—Me ha parecido una flecha, Hong.
—Lanzada de seguro con cerbatana. Estemos en guardia, porque estos indÃgenas, como los de Borneo, suelen envenenarlas con jugo vegetal.
Nadó con brÃo para ponerse fuera del alcance de aquellos mortÃferos proyectiles, y cuando estuvo en medio del rÃo, gritó:
—¡Ohe!… ¡Tseng-Kai!…
Los hombres del castillo de proa, que examinaban ambas orillas, dirigieron entonces sus miradas hacia el rÃo.
—¡Por cien mil pagodas!… ¡Qué me devore un cocodrilo si no oà pronunciar mi nombre!
—Silencio, y echa una escala o una cuerda Tseng-Kai.
El viejo chino hizo lo que le indicaban, y ambos fugitivos, chorrreando agua, subieron.