Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Te serviré de estorbo.
—Estoy acostumbrado a atravesar los grandes rÃos de la Manchuria, y éste es, al lado de aquéllos, un arroyo. No temas.
—Contigo no temo nada, Hong.
Rodeó con su brazo derecho el cuello del chino, mientras con el izquierdo sostenÃa en alto el fusil, para que no se mojase, y se dejó llevar. Cuando iban a entrar en la corriente, preguntó a su amigo:
—¿No habrá cocodrilos?
—Es probable —repuso él.
—¿Y si te cortan las piernas?
—No te soltarÃa aunque me las cortasen… Después de todo… ¿qué te importarÃa?… ¡No soy Romero!
—¡Hong! —exclamó la joven con acento de dulce reproche—. No quiero que te suceda nada malo.
Volvió él la cabeza para mirarla, rozando con el suyo el rostro de la doncella, como asombrado de sus palabras, y dijo:
—Gracias, Flor de las Perlas; ahora puedo desafiar a todos los cocodrilos del Talaján.