Flor de las Perlas
Flor de las Perlas El asalto al centro del junco, que creían irresistible, fue abandonado. Los piratas, más cautos ya y muy asustados a la vista de aquellas terribles pelotillas que rodaban sobre cubierta, concentraron sus esfuerzos en torno de los castillos de popa y proa. Se encaramaban como simios, trepaban a la obra muerta y dirigían fendientes formidables para alejar a los defensores; los primeros caían, pero otros ocupaban los puestos desocupados, y llegaban hasta las bandas con el kriss entre los dientes y los bolos o el kampilang empuñados.
Los chinos luchaban con el furor que infunde la desesperación; tumbaban a los más lejanos con sus fusiles, y abatían a los más próximos con los revólveres y las hachas; pero comenzaban a cansarse, y los cañones de sus fusiles ardían, quemándoles los dedos. Tseng-Kai, Hong y Than-Kiu los animaban con frases alentadoras y con su ejemplo, multiplicándose para acudir a los sitios de mayor peligro, y haciendo prodigios de valor. La valerosa joven volvía a ser la hermosa admirada por todos en Salitrán, en San Nicolás y en Malabón; su fusil tronaba de continuo, derribando un adversario a cada disparo, y descargando a intervalos su revólver.