Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —No habrá sido, seguramente, el sultán quien les haya dado permiso para casarse… Una esclava tan hermosa no se cede asà como asà a otro esclavo.
—¿Qué crees que habrá hecho de ella el sultán?
—Lo ignoro; cuando lleguemos al lago lo sabremos.
—¿Estarán ya en Butuán?
—Asà lo espero, si esos condenados salvajes no asaltaron mis lanchas. Acechan siempre el paso de mis hombres, y, en cuanto hallan ocasión, los asesinan. Nos han jurado odio mortal. Verdad es que algunos de nuestras tribus, más salvajes aún, los asaltan de vez en cuando para hacer colección de cabezas.
—¿Y habrán matado a los prisioneros?
—ConfÃo en que mis chalupas habrán podido escapar de los igorrotes. De todos modos, no habrán hecho nada a los hombres de la cañonera, porque los blancos son temidos y respetados. Pero ¡lo que es a mis hombres!… ¿Exiges alguna otra prueba de mi amor?
—Otra.
—Habla.
—Concede la libertad a mis compañeros.
El pirata, al oÃrlo, hizo una mueca, y dijo:
—Lo haré en cuanto lleguemos a Butuán. No me fÃo de ese Hong; es demasiado fuerte y audaz, y podrÃa jugarme alguna mala treta.