Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —No debes creer en sueños, Than-Kiu; sólo son visiones forjadas por la fantasÃa.
—¡Oh! Than-Kiu creÃa también en los astros y no se engañó. Todas las noches surgÃa la estrella de la doncella blanca, cada vez más brillante, mientras que la mÃa palidecÃa cada noche, y la vi en aquélla tan fatal irradiar con luz intensÃsima, en tanto que la de Flor de las Perlas se hundÃa en el mar. ¿Era un presagio erróneo, Than-Kiu? Aquella noche debÃa perder a los dos: a él y a Hang-Tu… ¡Cuánta desolación en torno mÃo!… Ya no veré más ni a uno ni a otro… Más valiera que las balas españolas hubiesen acabado con Flor de las Perlas… HabrÃa expirado sobre el pecho de mà hermano, mi sangre se hubiera mezclado con la de los héroes libertadores, y mi alma vagarÃa por las riberas de mi rÃo Amarillo…
—Calla, Than-Kiu —exclamó sollozando el chino—. Aleja de ti esos lúgubres recuerdos.
La china enmudeció, pareciendo seguir con la mirada algo como una visión fugitiva y escuchar con gran atención. Permaneció algunos instantes inmóvil y exclamó con voz alterada:
—¿Es el mar el que ruge?
—No —repuso Pram-Li—; el golfo está tranquilo y terso como un espejo.
—ParecÃame oÃr las olas romperse en la escollera. ¿No me engañas?