Flor de las Perlas
Flor de las Perlas Al oÃr estas palabras, la joven se irguió; pasóse una mano por la frente, echando atrás sus largos cabellos y, mirando tristemente al malayo, murmuró con voz abatida:
—¿Delirio?… No; es un horrible sueño, amigos mÃos… Le he visto en medio de las olas, en el puente de la cañonera que lo llevaba a Ternate. Miraba sereno al mar alborotado… como si desafiase sus iras… y vi también a la doncella blanca… a Teresita… la que me lo ha robado. CorrÃa… corrÃa la cañonera entre lampos y fulgores arrojando bocanadas de humo… huÃa hacia la tierra que se perdÃa en el horizonte. Luego desapareció… Temo ¡ay! por el que irradiaba en torno suyo la desdicha… ¡Ah!… Me lo dijo un dÃa… en el campo de Salitrán, y la pobre Than-Kiu no ha olvidado sus funestas palabras… ¡Cuántas desventuras!… No se engañó Romero, no; tenÃa que ser fatal para Hang-Tu… y para mÃ…
La joven china se interrumpió; un sollozo habÃa ahogado su voz, y sus bellos ojos se arrasaron en lágrimas.
—Cállate, amita —dijo Sheu-Kin—. ¿A qué evocar esos recuerdos que te destrozan el corazón?…
Than-Kiu no respondió; pero continuó a poco, con acento de terror:
—¡Oh!… ¡Qué sueño más horrible!…