Flor de las Perlas
Flor de las Perlas —Escucha —exclamó, inclinándose más aún como para escuchar lejano rumor—. ¡Oye cómo ruge el mar en derredor de la cañonera… mÃrala!… Alzase sobre la cresta espumosa y se precipita en el abismo que se abre para tragársela… La veo… la veo… le veo a él sobre la proa, entre las olas que la asaltan… veo también a la mujer blanca… allá, en el puente… del brazo de su padre… Mira cómo la cañonera atraviesa el báratro… el cielo está negro como la noche… el trueno ruge… el viento silba y alborota el Océano… ¿Dónde van?… No; ya no brilla la estrella de la doncella blanca, ni tampoco la de la joven del paÃs del Sol. ¿Dónde van?… ¡MÃralos! Las olas los llevan de un lado para otro, los levantan, los recogen… ¡Huid!… Se los tragó el mar… ya no veo nada… ¡Y Hang-Tu ha muerto y no puede salvarlos!…
Lanzó un grito terrible, angustioso y se dejó caer en el lecho, tapándose el rostro con las manos como si le aterrorizase la visión. Las lágrimas se deslizaban por entre sus dedos, y alzaban su pecho los sollozos.
El chino y el malayo mirábanse con angustia, sin saber qué hacer.
—Hay que llamar al médico —dijo el primero—; Than-Kiu me da miedo.
—Es un acceso de delirio.