Flor de las Perlas

Flor de las Perlas

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Salieron del camarote y subieron al puente. El velero que los conducía por el Talaján era uno de los dos que pretendieron impedir la salida al mar de la tow-meng; era alto, de doce metros de eslora, con alta proa que terminaba en una horrible cabeza de cocodrilo, tallada groseramente, pintada de verde y con los ojos de escarlata. Tenía roto uno de sus palos, cortado por el cañón de Tseng-Kai, y el otro había tenido que ser reforzado con sólidos bambúes.

Diez hombres a babor, y otros tantos a estribor, pertrechados de largos remos, hacían volar la nave, mientras otros seis, armados de fusiles, vigilaban atentamente desde popa ambas orillas; los esforzados remeros parecían todos mindaneses, por su piel roja obscura y los bolos que llevaban al cinto; en cambio, los que vigilaban y que tenían trazas de formar parte de algún destacamento de honor, eran malayos.

Pandaras hizo atravesar a Than-Kiu la cubierta, y la guió a proa indicándole una estrecha carlinga que daba indudablemente a algún escondrijo.

—Ahí están… ¿Oyes?

—Sí; oigo la voz de Hong. Estará muy furioso por hallarse preso.

—Lo creo. Háblales, mientras doy algunas órdenes. Hasta luego.

—Gracias, jefe.


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